Entre el acero y la obsidiana — dos mundos, un amor prohibido, el fin de un imperio

Una novela histórica sobre la conquista de México, narrada desde dos orillas que nunca debieron encontrarse.

El mundo

El mundo de la novela

Dos imperios. Un solo destino.

Dos mundos nacidos para enfrentarse. Dos corazones que jamás debieron encontrarse.

En 1519 no solo comenzó una guerra. Comenzó el derrumbe de un mundo y el nacimiento de otro.

Mientras el acero español chocaba contra la obsidiana mexica, hombres y mujeres comunes fueron obligados a decidir entre la lealtad, la supervivencia y el amor. Sin saberlo, cada elección los acercaba al día que cambiaría el destino de un continente.

Esta es su historia.

Adelanto

Las dos primeras páginas

Capítulo I · Hijo de nadie Alcalá de Guadaíra, 1518

El herrero

—¡No lo muevas! —gruñó sin dejar de mirar la placa de hierro—. Si golpeo mal, el trabajo se va a la mierda.

Asentí. No sabía si podría aguantar otra embestida del mazo de don Fernando. Otro golpe. Aguanté. Otro más, y las vibraciones me subieron por los brazos hasta el cuello. Dejó de golpear. Puso el mazo sobre la mesa, tomó las pinzas, sujetó la placa y la levantó a contraluz. Revisó primero el centro —buscaba hundimientos— y después los bordes. No dijo nada, pero se le notaba satisfecho. Yo esperé sin moverme y pasados unos segundos dejó la placa sobre la mesa para que se enfriara, se quitó los guantes y, señalando algunas herramientas, dijo: —Acomoda todo y vamos a comer.

Salió con el porte de quien ha llegado a la meta sin haber corrido ni la mitad del camino. Eso significaba una cosa: más horas en la fragua. El calor no me importaba, ya estaba curtido en eso, lo que sí fastidiaba eran las esquirlas pegadas a los brazos, mezcladas con el sudor.

Recogí los dos punzones que había usado esa mañana. Un poco más allá, pegada a la pared, la lima que usó para afinar los bordes del escudo, la escuadra para los ángulos rectos, junto a las pinzas. Monté la tajadera en el yunque —al día siguiente sería lo primero que él pediría para cortar el metal restante—. Tomé la piedra de afilar y la acomodé en la mesa larga. Tenía unos minutos, así que seguí con una espada pendiente; en pocos días vendría un capitán de la guardia a recogerla. Pasé la hoja contra la piedra, despacio, le di vuelta y volví a pasarla. El chillido del metal me decía que iba bien. Lo había hecho tantas veces que ya era casi un reflejo, más del cuerpo que de la cabeza. Revisé el filo con la vista, después con los dedos. Satisfecho, la guardé en su vaina.

Ese trabajo nos aseguraba comida y agua para el resto de la semana. Con el yelmo en el que trabajaba don Fernando tendríamos además con qué reponer el carbón —nuestro combustible, sin el cual no había fragua— y barras de hierro y aceite para limpiar los metales. Salí de la herrería y entré al cuarto que llamábamos hogar, olía a metal y hollín, como todo lo nuestro. Dos camastros de madera resistente, una mesa vieja, dos sillas, un fogón de piedra. Don Fernando no estaba; supuse que se había ido a lavar. Eché agua en una olla vieja y la puse al fuego. Rebusqué en unas cajas: tres papas, una cebolla, sal, ajos. Añadí las patas de un pollo que había conseguido regateando en el mercado y corté pan duro de centeno para que absorbiera el líquido y espesara la sopa. Don Fernando entró un rato después, su rostro cenizo me dice que no se ha lavado. No pregunté nada, aunque me preocupaba: necesitábamos el dinero tanto de los trabajos hechos como de los que había que entregar y él salía constantemente a "hacer negocios" con unos y con otros, y casi siempre perdía más de la mitad de lo que cobraba… cuando lo cobraba.

Cuando el olor me avisó que la sopa estaba lista, serví dos platos y me senté en silencio. Comimos como dos personas que conviven mucho y se conocen poco. Don Fernando mastica haciendo ruido, llenando el silencio que dejo en el ambiente. Aproveché para decirle que con el dinero de los trabajos por entregar debíamos comprar aceite vegetal, barras de acero, carbón, más comida. Guardó silencio. Sin mirarme, escupió que solo contara con la mitad, porque debía comprar "algunas cosas". Me quedé callado. Ya conocía el guion: cobraría, "haría negocios", se iría a la taberna hasta no poder estar de pie ni recordar su propio nombre. Como siempre, yo buscaría la manera de alargar lo que quedara.

• • •

He vivido en Alcalá de Guadaíra toda mi vida. Tengo entendido que nací como por el año 1498, y veinte años después, sigue teniendo sus ventajas: olivares alrededor de este pequeño lugar, campos de cereal, el paisaje de los Alcores. Es una villa de unos 4,000 habitantes, sobrevivientes de epidemias y de un tiempo pasado difícil, había pertenecido a la Casa de Arcos y al condado de Niebla. Alcalá es "realengo" —depende directamente de la corona de Castilla—, y abundan los molinos harineros, así que muchas familias hacen pan para vender por toda España, sobre todo en Sevilla por la cercanía. Siempre hay oportunidad de conseguir y regatear el pan necesario. Otra ventaja: el río Guadaíra da agua constante, así que voy casi todos los días por un cubo. Eso, sin tomar en cuenta la molestia de cargar el peso, me daba la oportunidad de hablar con Aldara cuando me la encontraba por ahí.

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Entre el acero y la obsidiana — Francisco y Nahui mirando juntos el amanecer sobre Tenochtitlán

Dos mundos, un amor

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Entre el acero y la obsidiana — las manos de Francisco y Nahui entrelazadas frente a Tenochtitlán

Un solo destino

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